Mi madre era como una extraña a la que las circunstancias me habían unido por casualidad en el camino.
O quizá fuera yo el extraño, o quizá lo fuera ella.
No lo sé.
No hablábamos mucho y yo sentía
-y a lo mejor te sorprende-
una profunda sensación de ser libre, de que no había nadie,
ni padre ni madre,
que me atara a un lugar determinado, a un mundo definido.
Leía y dormía, salía y entraba, jugaba fuera de casa y vagabundeaba por las calles sin que nadie me ordenara o me prohibiera nada.
Desde pequeño, sentía que era... diferente.
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