lunes, 31 de enero de 2011

Temps.


Para cuando sale bien,
en vez de muy bien.

Preciosa.



Y a ti,
Tiempo.

Porque si en dos segundos fui capaz de tocar el cielo...

Será que sigues siendo tú.

martes, 25 de enero de 2011

Maneras.


Oye, tú.
¿Qué pasa?

Me molas.
Sí, me molas.
¿Qué pasa?

¿Vas a salir conmigo ya, o qué?
¿Tengo que invitarte a salir, o qué?

¡Que me molas tía!
Por lo menos querrás rollo o algo,
¿no?

Joder, ¡es que me tienes harta!

Bueno...
¿Entonces qué?
¿Qué me dices?

¿Nos enrollamos o qué?



Que yo pa' ti to' lo que quieras...

lunes, 24 de enero de 2011

Con y Contra todo.



¿Te acuerdas?

martes, 18 de enero de 2011

Presupuestos Generales.


Pensión vitalicia es lo que quiero yo contigo.

jueves, 13 de enero de 2011

A su hora.


Hoy como ayer, se me escapaba la sonrisa al comprobar que, efectivamente, el pitorro de la puerta del copiloto estaba bajado.

Diferente.


A la hora de escribir, como sucede en la vida real, lo más difícil siempre es empezar.

Empezar a escribir siempre cuesta horrores: tienes que buscar la palabra, la frase, la expresión, lo que sea que enganche al lector desde la primera letra hasta el último punto, si es que lo hay. Una de las ventajas de no tener lectores es precisamente esa, el no tener que romperse la cabeza para hacer que lo que se escribe suene bonito.

Es muy fácil acudir al papel y al boli en busca de respuestas, sobre todo cuando eres una negada en eso de hablar, cuando no puedes ir a pedirle esas respuestas absurdas e innecesarias a nadie. Creo que en algún momento de mi vida le cogí miedo a eso del habla. Desde entonces intercambiar más de dos palabras seguidas conmigo puede suponer momentos eternos de silencio, de esperas, de incomodidades.

Quizás ese sea uno de los motivos por los que no suelo buscar consuelo en las personas ajenas.

Quizás. Y mira que hubo quién se empeñó en hacerme abrir la boca… Lástima que algo fallara en algún momento: empezaba a progresar.

Y ahí me quedé, como me he quedado hoy.

Muchas veces siento que tengo la palabra en la boca, y lo que es más, hasta en la punta de la lengua, ¡diría! Pero no logro arrancarla… Creo que se atan a mi garganta, que mis palabras tienen vértigo, que padecen fotofobia. Incluso a oscuras.

Sea como sea, y desde ya, lo siento.

Lo siento.

Lo siento porque mis miedos no tienen nada que ver contigo, sino conmigo. Mis miedos son el resultado de lo que no he podido aprender todavía, o de lo que intenté aprender sin demasiado éxito. Porque créeme, si algo he perseguido día tras día, ha sido el miedo. A veces he podido vencerle, y prueba de ello es que esté aquí teniendo tesoros de valor incalculable dirección noreste. Pero otras veces me ha tocado meter el rabo entre las piernas y huir por patas.

Porque el pasado hace el presente y, por mucho que tú te hayas despedido de él, él siempre va a tener algo más que decir. La última palabra, por ejemplo.

Con todo esto vengo a decir que es tiempo de fantasmas.

Y los llamamos fantasmas, no sé si consciente o inconscientemente, precisamente porque no existen, porque son producto de nuestra mente. Pero sea como sea, son. Y mis fantasmas ahora mismo son dos.

El primero ya sabes cómo se llama. Porque es algo latente que va a estar ahí siempre. Porque quieras o no, lo intentes disimular o no, sé que te pasa por la cabeza más de lo que pretendes aparentar. Sé que sigues preocupada, que sigues culpándote, que sigues tratando de tranquilizarme… Sé también que tus intenciones son buenas, que no intentas más que mitigar un daño que tú provocaste. Como cuando la Administración te indemniza porque una farola mal puesta se ha caído encima de tu coche. Es culpa, es conciencia, es humano.

Y lo entiendo y lo comprendo. Y trato de comprenderlo aún más, porque sé que te esfuerzas por no esconderme nada, por ser transparente, casi cristalina. Porque quieres compartirlo todo conmigo. Y yo trato de agradecer el esfuerzo que haces cuando me dices que le has escrito, que le has llamado, pero no sé si acabo de conseguirlo.

No sé si acabo de conseguirlo porque sé que no lo sé todo. Quiero decir, doy por sentado que existen esas tomas de contacto y, sólo por eso, no sé si quiero saberlo porque salen de tu boca. A veces creo que me basta con imaginarlo.

Porque cuando tú me dices: “Le he escrito”, yo oigo cómo le dices cuánto le echas de menos, cuánto lo sientes, cómo le recuerdas lo maravilloso que fue estar juntas, cómo de bonito era estar desnuda con ella en la cama… Casi, casi, hasta puedo oler tus lágrimas secas. Y mucho más puedo olerlas cuando te refieres a sus malas contestaciones, pues a eso ha de seguirle, o bien una larga relación de sentimentalismos tratando de hacerle ver que aquello fue real, o bien una mala contestación que, tarde o temprano, se acabará convirtiendo en una larga relación de sentimentalismos tratando de hacerle ver que aquello fue real.

Sé que intentas hacerlo lo mejor que puedes. Que no te quieres esconder… Pero a día de hoy, y por mucho que entienda la situación, ese es mi mayor fantasma. Porque al final jamás tuviste la oportunidad real de estar con ella, de abrazarla cuando lo necesitara, de darle un beso. Y esa es una añoranza que te quedará para toda la vida. Y ese es un peso que también yo tendré que llevar. Y en realidad es un peso que noto con cada 11, porque es el día en que tú más sientes esa añoranza.

Casi he llegado a imaginarte diciéndole la tan típica y recurrente expresión “ojalá no hubiera pasado nunca”. Casi.

Y me deshago escribiendo como tú te estarás deshaciendo leyendo.

Deshechos. Y un nudo en el estómago. De esos que no se deshacen hasta la mañana siguiente, si es que no has tenido pesadillas, si es que has podido dormir bien porque el perro no te ha desarropado.

Y mi segundo fantasma, mi segundo miedo, es el que viene persiguiéndome desde siempre. Lo efímero, el cambio, lo inesperado. Es lo que llevo tatuado. Y no lo llevo tatuado porque sea un miedo, no. Lo llevo tatuado porque confío en ello como algo positivo, porque es lo que ha hecho de mí lo que soy, y yo, sin ánimo de enaltecerme, me siento orgullosísima de mi paso por la vida. Porque es mi reto constante, la meta que alejo de mí con cada paso que doy. Es algo bueno: es una de mis mayores virtudes.

Pero lo bueno en exceso acaba siendo peor que malo y, todo ese conjunto de cosas que siempre han marcado mi vida, cuando se vuelven en mi contra, me hunden.

Tú me has visto completamente desnuda. Pero no desnuda de cuerpo entero, no. Eso no. Yo me refiero a ese desnudo interior que casi nunca enseñamos. Tenemos esa curiosa manía de encerrarnos en una armadura. Y a ésta, a su vez, la encerramos en otra un poco más grande. Y a ésta, a su vez, lo mismo. Así hasta el punto que consideramos óptimo para darnos a conocer a los demás. Yo soy persona de pocas o muchas armaduras, según los ojos que te pongas para verme, pero si tengo que serte sincera, no me gustan los disfraces.

Quizás sea ese uno de los motivos por los que la gente me cree tan influyente. A veces me gusta sentir que le he cambiado la vida a alguien sin hacer nada especial que me conllevara un esfuerzo sobrehumano. Otras veces no me gusta tanto.

No me gusta tanto porque eso significa que ya no estoy en su vida. Las huellas no se quedan en el suelo hasta que no retiras el pie, tú eso debes saberlo. Y eso es lo que no me gusta: que llego un día sin avisar, sin querer, porque así lo ha querido la suerte, o el destino, o cualquiera de estas milongas, para irme del mismo modo en que llegué. Demasiado fugaz.

Cuando estoy optimista, es decir, casi todos los días de la semana, córcoles inclusive, me gusta pensar en toda esa gente. Me hace darme cuenta de que, a pesar de haberme encontrado con gente impresionante, he seguido mi camino. He sido capaz de seguir mi camino. Podría haberme embobado con las musarañas como hace mucha gente, pero yo he preferido seguir y he podido hacerlo. He seguido descubriéndome, descubriendo mundo, descubriendo fronteras. Eso me ha hecho crecer en cantidades incalculables. Ahora bien, el precio que pagué en su día por esas transacciones fue muy caro, y es que todo eso lo hice sola.

Otras veces, cuando estoy un poco menos optimista, me da pena pensar en toda esa gente. Pienso en la estabilidad que podrían haber supuesto todas esas personas para mí. Pienso en cómo las desaproveché. Igual fui un poco egoísta en el momento de tomar mis decisiones. No me arrepiento de ninguna, sólo que me da pena desaparecer de la vida de la gente de un día para otro.

Y ese es mi segundo fantasma contigo, y vuelve a no ser contigo, sino conmigo. Porque desde que estoy contigo he dejado alguna que otra huella. En parte no me desagrada, pues creo que todo el mundo es temporal y que actuamos conforme sentimos. Nuestras necesidades evolucionan y cambian al mismo ritmo en que lo hacemos nosotros, y yo, contigo, no he parado de engrandecerme. Ahora mismo, personalmente, y entre tú y yo, y todo el mundo, me siento francamente bien. Sobre 10 tasaría mi felicidad en 11 (exceptuando mis momentos fantasmagóricos, que ya sabes que entonces, la nota desciende hasta la posición del notable).

Por otra parte, me compensa sobradamente.

Me has puesto a prueba constantemente sin ni siquiera saberlo.

Me siento real, pura, sincera. No tengo necesidad ninguna de esconderme, de mentir, de poner malas caras, de dar explicaciones. Hacía mucho tiempo que no tenía a nadie al lado que me lo recordara, y aunque yo creyera que no lo necesitaba, lo cierto es que tus pulmones me han venido de perlas para retomar aire.

Y ahora toca seguir…

Y si hay algo que tengo claro ahora mismo, es que te quiero. Y muchas veces me preguntas por qué… Aún le doy vueltas a esa pregunta, pero a fecha de hoy, creo que te quiero porque eres la única persona del mundo que nunca se olvida de que mi coche no tiene cierre centralizado, de que hay que bajarle el pitorro manualmente.

miércoles, 12 de enero de 2011

Ridículo.


La oficial Sandra Magdalena, relata el instante del ataque de una rata, y como un valiente gato salió a su rescate: “De un salto la rata ya estaba bajo mis pies, pero enseguida un integrante del cuerpo policial gatuno le arremetió, haciéndola huir despavorida”.

La oficial Magdalena al mando de la patrulla felina, hace saber a todas las ratas y ratones que no hay espacio en Los Ángeles para ellos, y que estos valientes y decididos gatos no descansarán hasta atrapar al último de estos bandidos roedores.



Aborrezco cualquier tipo de autoridad; pero ésta que desnaturaliza los animales a su conveniencia, más.

Malditos gaticías.


lunes, 10 de enero de 2011

Freud.


Mal·hetero.


Uto·harpía.


Norecuerdoqué·anal.


Admin·is·traición.



Y risas gratuitas.


jueves, 6 de enero de 2011

Costumbres.


Gritar para que los sordos se enteren.



Te quiero.












Y en la distancia, muy en la distancia,
las estrellas forman las constelaciones.