jueves, 29 de noviembre de 2012

El sexo de los ángeles



Jamás creí posible identificarme con ellos.
Libido de -10.
Momento de debilidad

Me apetecen besos, mimos, caricias, abrazos.
Eso sí. Eso sí me apetece.
Me siento mal. 
Aunque me pase el día sonriendo, pero sé que cuando me quedo sola 
me siento mal.

Por eso me apetecen caricias.
De él o de ella, no lo sé.
Por el momento son todas bienvenidas porque no estoy en un momento de reafirmación personal.

Es momento de debilidad.
Y cuando la persona es débil se dice adiós a la voluntad.

Tengo claro con quién quiero estar,
pero sé que no ha llegado el momento de ser capaz de decir que no.
Por ser tan frágil.

Y sólo me apetece eso. 
Cariño.
No me apetece el cuerpo, ni de una ni de otro.
No me apetece mezclarme con nadie.
Pero no dejo de hacerlo por esa misma debilidad.
El cuerpo es cuerpo y yo no estoy por la labor de hacerle caso a mi voluntad.

Viviría más tranquila si alguien me asegurara poder dormir, 
sin más, 
con una o con otro.
Pero ambos me ofrecen su cuerpo y yo no sé decir que no, por ahora.
No me reconozco, no me encuentro, o no sé. 

El nulo apetito se mezcla con aquello de
"Más vale arrepentirse de hacer que de no hacer".

Pues sí.
Un constante arrepentimiento es lo que siento.
Bueno, arrepentimiento no. 
Ésa no es la palabra. 
Tal vez la palabra sea 
autocompasión,
rabia,
pena,
asco, 
o no sé.

Pero no es arrepentimiento. 

Y eso es lo que llevo peor. 
El no saber qué estoy perdiendo, 
(o peor aún, el saberlo)
por vivir en un momento de completa falta de voluntad.

Lo dicho. 
Autocompasión. 

Vacío. 



jueves, 22 de noviembre de 2012

Inseguridad



No, inseguridad no.
Es otra cosa. 

Es certeza y lo contrario.
Es incertidumbre, misterio.
Es descontrol.

Es la necesidad de volver a escribir.
De volver a escribir para no decir nada, porque realmente...
Ando en plena crisis existencial.

Cómo saldremos de ella, es algo que no sé.
Pero estamos en paz, estamos tranquilas, y estamos vivas.
Más libres que nunca.

Seguimos sonriendo.
Y seguiremos.

¿No?

=)


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Simple.




Deambulando por las calles. 
Pensando en ir a verla. 

Llegando a casa.

Pensando en llevarle uno de sobrasada.

Pensando en ella.
Pensando en ella.
Pensando en ella.

Queriendo ir a correr.
Todavía no. 

Apoyándome en la pared frente al armario.
La lagrimita empieza a asomar.
Un poco más...Casi!

La necesito.
Lo tengo claro.

Pero no sin antes tocar fondo. 

Esto es lo que llamamos renovación espiritual.

Tarde o temprano, todos la necesitamos. 


Mientras tanto, Holden. 

Pero entre el centeno y la cebada...

Tú. 

martes, 13 de noviembre de 2012

Me llamo Holden Caulfield


-          Soy un analfabeto total, pero leo mucho.

-          Ni siquiera sé por qué corría, supongo que sólo porque me apetecía.

-          Era exactamente la clase de tío que no se apartaba de la luz cuando se lo pedías.

-          Empezó a limpiarse las malditas uñas con la punta de una cerilla. Siempre se estaba limpiando las uñas. En cierto modo, tenía gracia. Tenía los dientes todo mohosos y las orejas más sucias que un demonio pero se pasaba el día limpiándose las uñas. Supongo que pensaba que con eso era un tío aseadísimo.

-          Le tenía sin cuidado que hubieras metido algo en la maleta y lo tuvieras en lo más alto del armario.

-          Siempre iba con muchas prisas. Todo era importantísimo.

-          No es que me molestara mucho la idea, pero no me apetecía aguantar el sermón y oler a gotas nasales Vicks y ver a Spencer con su pijama y albornoz todo al mismo tiempo. De verdad que no.

-          Tenía un silbido de esos muy penetrantes que casi siempre desafinan, y siempre elegía una canción difícil de silbar […]. Era capaz de asesinar cualquier canción.

-          Era un guarro secreto.

-          Como están locos por ellos mismos, piensan que tú también estás loco por ellos y que te mueres por hacerles un favor.

-          Empecé a bailar claqué sólo porque sí. Sólo por divertirme. No sé bailar claqué ni nada de eso pero en los lavabos había un suelo de piedra que iba muy bien para el claqué.

-          Cuando conseguía una dama no la movía. La dejaba en la fila de atrás. Las dejaba todas alineadas en la fila de atrás. Nunca las movía. Le gustaba verlas todas así en la fila de atrás.

-          La gente nunca te cree.

-          Ni siquiera me gustaba estar sentado a su lado en el cine.

-          Se supone que los pelirrojos se enfadan con mucha facilidad, pero Allie nunca se enfadaba, y eso que tenía el pelo muy rojo.

-          Cuando de verdad me preocupa algo no me ando con bromas. Hasta tengo que ir al baño cuando me preocupa algo. Sólo que no voy, porque estoy demasiado preocupado para ir. No quiero dejar de preocuparme para ir.

-          Siempre estaba acariciándose el pecho o el estómago. Se quería con locura.

-          Secreto profesional.

-          Mi hermano Allie tenía un guante de fielder de la mano izquierda. Era zurdo. Tenía poemas escritos en los dedos y en la bolsa de la palma de la mano y por todas partes. En tinta verde. Lo escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo y no bateaba nadie. Ahora está muerto.

-          Daba como miedo en medio de la oscuridad.

-          Pero por poco. Por poquísimo.

-          Para hacer equipajes soy muy rápido.

-          Casi siempre que alguien me hace un regalo acaba poniéndome triste.

-          Me manda dinero por mi cumpleaños como cuatro veces al año.

-          Las maletas me iban chocando contra las piernas todo el rato.

-          Lo que quiero decir es que me gustan. Siempre dejan sus malditas bolsas en medio del pasillo.

-          La mayoría de la gente, o no sonríe, o tiene una sonrisa asquerosa.

-          ¿Sabe por casualidad adónde van los patos cuando el agua se hiela?

-          Viajo de incógnito.

-          No quería parecer un chalado o algo así. Lo cual es realmente irónico.

-          El sexo es una cosa que no acabo de entender del todo bien […]. Yo siempre me estoy inventando normas de sexo para mí mismo y luego las rompo todo el tiempo.

-          Me sentía bastante cachondo, tengo que reconocerlo.

-          Me llamo Holden Caulfield.

-          Si hay algo que me revienta es irme a la cama cuando ni siquiera estoy cansado.

-          La verdad es que soy el único tonto de la familia.

-          Se supone que es huérfana, pero su padre aparece todo el tiempo.

-          No me invitaron a sentarme en su mesa […]. Pero me senté igual.

-          Les dije que iría a verlas si alguna vez iba a Seattle, pero dudo mucho que lo haga. Ir a verlas, quiero decir.

-          Las habría invitado a las tres como a cien copas a cambio de que no me hubieran dicho nada.

-          Para conocer a una chica no hace falta demasiado sexo.

-          Con algunas chicas casi nunca llegas a saber qué es lo que pasa.

-          Para cogerle la mano era estupenda. La mayoría de las chicas a las que les coges la mano dejan la mano como muerta o creen que tienen que moverla todo el rato porque piensan que si no vas a aburrirte.

-          Sólo te dabas cuenta de que eras feliz. Eras feliz de verdad.

-          Es tan bueno que casi resulta hortera. No sé qué quiero decir con eso exactamente, pero es la verdad.

-          Nueva York es terrible cuando alguien se ríe en la calle tarde por la noche. Lo oyes a quilómetros de distancia. Te hace sentir solo y deprimido.
-          Eran exactamente los mismos cretinos que en el cine se ríen como hienas por cosas que no tienen ninguna gracia.

-          Imagínense meter mano a alguien mientras le cuentas que un tío se ha suicidado.

-          Era uno de esos tíos que consideran una mariconada no partirte cuarenta dedos cuando te dan la mano.

-          Es una cosa que me revienta. Me paso la vida diciendo “encantado de haberte conocido” a personas que no me encanta nada conocer. Pero si quieres seguir vivo, tienes que decir esas cosas.

-          La gente siempre tiene que fastidiarte todo.

-          Hay tíos que se pasan días enteros buscando algo que han perdido. Yo creo que nunca tengo nada que me importe mucho perder.

-          Tardé como una hora en quitarle el maldito sujetador. Para cuando se lo quité, ella estaba a punto de escupirme en un ojo.

-          Se supone que cuando alguien se levanta y se quita el vestido por la cabeza tienes que ponerte bastante cachondo, pero yo no me sentí así. Cachondo fue casi lo último que me sentí. Me sentí mucho más deprimido que cachondo.

-          No le di las gracias ni nada. Y me alegro de no haberlo hecho.

-          Ya en la cama, me entraron ganas de rezar o algo así, pero no pude hacerlo. No siempre puedo rezar cuando quiero. En primer lugar, porque soy una especie de ateo. Jesús me cae bien y todo eso, pero el resto de la Biblia no me gusta mucho. Los discípulos, por ejemplo. Si quieren saber la verdad, me fastidian muchísimo. Cuando Jesús murió no se portaron tan mal, pero mientras estaba vivo le ayudaron tanto como un tiro en la cabeza. Siempre le dejaban más solo que la una. Cualquiera de la Biblia me cae mejor que los discípulos. Si quieren saber la verdad, el tío que más me gusta de la Biblia, además de Jesús, es ese lunático que vivía entre las tumbas y se hacía heridas con las piedras. Ese pobre desgraciado me cae diez veces mejor que los discípulos. Cuando estaba en el colegio Whooton discutía muchas veces sobre eso con un chico que tenía su habitación más adelante en el mismo pasillo, Arthur Childs. Childs era cuáquero y eso, y leía la Biblia todo el tiempo. Era muy buen chico y me caía bien, pero nunca podía estar de acuerdo con él sobre un montón de cosas de la Biblia, especialmente sobre los discípulos. Siempre me decía que si no me gustaban los discípulos era que tampoco me gustaba Jesús. Decía que como Jesús los había elegido tenían que caerte bien por fuerza. Yo le decía que ya sabía que Él los había elegido, pero que los había elegido al azar. Le decía que no había tenido tiempo de ir por ahí analizando a todo el mundo. Que yo no echaba la culpa a Jesús ni nada de esos. No era culpa suya si no tenía tiempo para nada. Recuerdo que pregunté a Childs si creía que Judas, el que traicionó a Jesús, había ido al infierno después de suicidarse. Childs dijo que claro. En eso exactamente era en lo que no estaba de acuerdo con él. Le dije que apostaría mil dólares a que Jesús no había mandado a Judas al infierno. Aún los seguiría apostando, si los tuviera. Creo que cualquiera de los discípulos le habría mandado al infierno – y a todo correr -, pero apostaría cualquier cosa a que Jesús no. Childs dijo que lo que me pasaba era que yo no iba a la iglesia ni nada. Y en cierto modo tenía razón. No voy. Para empezar mis padres tienen religiones diferentes y todos los hijos somos ateos. Si quieren saber la verdad, ni siquiera aguanto a los curas. Todos los de los colegios donde he estudiado ponen una vocecita de lo más falsa cuando empiezan a dar sermones. Dios, cómo lo odio. No veo por qué demonios no pueden hablar con su voz normal. Suenan de lo más falso cuando hablan. Bueno, pues cuando estaba en la cama no pude rezar ni a tiros.

-          Sólo sentí un puñetazo tremendo en el estómago.

-          Seis tiros directos a su estómago gordo y peludo.

-          Aunque lo que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Tenía ganas de tirarme por la ventana. Y creo que lo habría hecho si hubiera estado seguro de que alguien taparía mi cadáver tan pronto como aterrizara. No quería que un montón de estúpidos me miraran mientras estaba todo ensangrentado.

-          Si creen que me moría por volver a verle es que están locos.

-          Mi problema es que siempre pienso que la persona con la que me estoy besando y todo eso es muy inteligente. No tiene absolutamente nada que ver una cosa con otra, pero yo lo pienso igual.

-          Divino. Si hay una palabra que odio, es “divino”. Es de lo más falsa.

-          No es importante, lo sé, pero me revienta que alguien tenga maletas baratas. Sé que suena horrible, pero hasta puedo llegar a odiar a alguien, sólo con mirarlo, si lleva maletas baratas.

-          La cosa es que es muy difícil compartir habitación con alguien si tus maletas son mucho mejores que las suyas.

-          Todo lo que yo tenía era más burgués que el demonio. Hasta mi pluma era burguesa. Me la pedía prestada todo el tiempo, pero era burguesa.

-          No puedo comer huevos con beicon o algo así cuando otra persona sólo está tomando tostadas y café.

-          La verdad es que me saca de quicio que maten a alguien, sobre todo si es alguien muy listo y divertido y todo eso, y si es por culpa de otro.

-          Los católicos siempre están intentando saber si tú también eres católico.

-          Maldito dinero. Siempre acaba amargándote la vida.

-          Dios mío, me encanta que una niña sea tan agradable y tan educada cuando le ajustas un patín o algo así.

-          O acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos que tenían un arco iris de gasolina.

-          Nunca paraba de hablar y lo peor era que, para empezar, nunca decía nada que quisieras oír.

-          Juro por Dios que estoy loco. Lo reconozco.

-          Si la chica está guapa cuando llega, ¿a quién le importa que llegue tarde? A nadie.

-          Luego, sólo para que vean lo loco que estoy, en el momento en que acabábamos de darnos un achuchón tremendo, le dije que la quería y todo eso. Era mentira, claro, pero la cosa es que cuando lo dije estaba convencido de que era verdad. Estoy loco. Se lo juro.

-          Cualquiera diría que de niños se habían bañado juntos en la misma bañera o algo así.

-          Odiaba el ejército más que la guerra.

-          Bueno, pues casi me alegro de que hayan inventado la bomba atómica. Si alguna vez hay otra guerra pienso sentarme justo encima de ella. Me ofreceré voluntario, lo juro por Dios.

-          Mi vida sexual es un asco.

-          Por favor. Me siento de lo más solo, en serio.

-          Espero que cuando me muera alguien tenga sentido común suficiente como para tirarme al río o algo así.

-          Llovió sobre su puñetera lápida y llovió sobre la hierba que tiene sobre el estómago. Llovió encima de todos. Todos los que estaban en el cementerio comenzaron a correr como locos hacia sus coches. Aquello casi me sacó de quicio. Todos podían meterse en sus coches y poner la radio y todo eso y luego irse a cenar a un sitio agradable, todos menos Allie. No podía aguantarlo.

-          El sol no sale más que cuando le da la gana.

-          Sólo tienes que decir algo que no se entienda para que todos hagan prácticamente lo que quieres que hagan.

-          Dice que le gusta expandirse. Me deja sin habla.

-          Simplemente me encontraba bien, para variar.

-          Su segundo nombre es Josephine, por el amor de Dios, no Weatherfield. Pero a ella no le gusta. Cada vez que la veo se ha inventado un nombre nuevo.

-          Quiero decir que está bien si vas por ahí salvando la vida a tíos inocentes todo el rato, pero si eres abogado no haces esas cosas. Lo único que haces es ganar un montón de dinero, y jugar al golf, y jugar al bridge, y comprar coches, y beber martinis, y parecer un pez gordo. Y además, aunque de verdad fueras por ahí salvando la vida a tíos inocentes y todo eso, ¿cómo podrías saber lo has hecho porque realmente querías salvar la vida a esos tíos, o si lo has hecho porque lo que de verdad querías era ser un abogado estupendo y que todo el mundo te diera palmaditas en la espalda y te felicitara en los tribunales cuando se acabara el maldito juicio, los periodistas y todo el mundo, como hacen en esas asquerosas películas? ¿Cómo podrías saber que no eres un hipócrita? Lo malo es que no podrías.

-          “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando viene entre el centeno…”.

-          Muchas veces me imagino que hay un montón de críos jugando a algo en un campo de centeno y todo eso. Son miles de críos y no hay nadie cerca, quiero decir, que no hay nadie mayor, sólo yo. Estoy de pie, al borde de un precipicio de locos. Y lo que tengo que hacer es agarrar a todo el que se acerque al precipicio, quiero decir que si van corriendo sin mirar adónde van, yo tengo que ir, salir de donde esté y agarrarlos. Eso es lo que haría todo el tiempo. Sería el guardián entre el centeno y todo eso. Sé que es una locura, pero es lo único que de verdad me gustaría. Sé que es una locura.

-          Nadie a quién recurrir. Copos de nieve en las pestañas.

-          En cuanto el que habla se sale del tema los demás tienen que gritarle: “Digresión”. Me ponía malo. Me suspendieron.

-          Es difícil de explicar.

-          Si hay una cosa que me molesta muchísimo es cuando dice que el café está listo y resulta que no lo está.

-          ¿No crees que hay un momento y un lugar apropiados para cada cosa?

-          A veces no puedes evitarlo.

-          Me gusta que la gente se emocione con algo. Es bonito.

-          Tengo la sensación de que avanzas hacia una caída realmente terrible.

-          La gente casi siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene ninguna gana.

-          Esta caída a la que creo que te diriges es de un tipo muy especial, terrible. Al que cae no se le permite ni oír ni sentir que ha llegado al fondo. Sólo sigue cayendo y cayendo. Es el tipo de caída destinada a los hombres que en algún momento de su vida buscaron en su entorno algo que éste no podía proporcionárselo. O que creyeron que su entorno no podía proporcionárselo. Así que dejaron de buscar. Abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera.

-          No quiero asustarte pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente, de un modo u otro, por una causa totalmente indigna.

-          “Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella” (Wilhelm Stekel)

-          Tú no.

-          Alguien aprenderá algún día de ti si tienes algo que ofrecer.

-          Comenzarás a saber cuáles son exactamente tus verdaderas medidas y vestirás a tu mente de acuerdo con ellas.

-          Eres un chico muy, muy raro.

-          Cuando me pasan cosas de pervertidos empiezo a sudar como un condenado […]. No lo aguanto. No lo intenten nunca. De verdad. Les deprimirá.

-          Creo que nunca en mi vida había estado tan deprimido.

-          ¿Cómo se puede saber esas cosas con seguridad? No se puede.

-          Aquella revista era como para subirle la moral a cualquiera.

-          Y eso no me hizo feliz precisamente.

-          ¡Jo, cómo me asusté!

-          No me dejes desaparecer.

-          Lo que haría sería hacerme pasar por uno de esos sordomudos. Así no tendría que hablar con nadie.

-          Me imaginé que le pillaba con las manos en la masa y que le aplastaba la cabeza contra los escalones de piedra hasta dejarle bien muerto y ensangrentado.

-          Cómo me fastidiaba que me digan ¡Buena suerte! Cuando me voy de alguna parte. Es deprimente.

-          Es imposible.

-          Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio bonito y tranquilo porque no existe.

-          Me asusté muchísimo.

-          Empezó a llorar.

-          Casi la odiaba.

-          Es capaz de hacerlo. Es capaz de darte la espalda si le da la gana.

-          Así que cállate.

-          Ya saben cómo son los críos cuando se enfadan. No se ríen ni nada.

-          No me contestó […]. Probablemente se acordó de que tenía que estar enfadada conmigo.

-          Me deprime mucho que alguien me diga “por favor”.

-          Si se caen, que se caigan, pero no es bueno decirles nada.

-          Todos se refugiaron bajo el techo del tiovivo para no calarse hasta los huesos ni nada, pero yo me quedé sentado en el banco un buen rato.

-          Estuve a punto de gritar de lo feliz que me sentía, si quieren saber la verdad. No sé por qué.

-          Dios mío, ojalá hubieran podido estar allí.

-          En este momento de no me importa mucho nada de eso.

-          ¿Cómo puede uno saber lo que va a hacer hasta que lo hace? La respuesta es que no lo sabe.

-          Si quieren saber la verdad, no sé qué pensar.

-          Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo. 




Tiene gracia... 
Que no me acuerde del argumento y que tenga que acordarme de él siempre que algo se tambalea. 
Sin duda, sus líneas tienen algo especial. 
Son la cura y el remedio. Son la píldora. La respuesta.
O lo que sea.