miércoles, 23 de enero de 2013

"Yo soy el que es", le dijo a Moisés.


Empecé a fijarme en las miradas que me rodeaban. 
Por un momento sentí un impacto.
A un metro escaso estaba su mirada.
ESA mirada.
La de Alex, digo. 

Esa mirada interesante que siempre parece tener el ceño fruncido. 
En realidad lo tiene, pero no da sensación de enfado, sino más bien de interés. 
La ceja levantada y la mirada entrecerrada: la fórmula perfecta de la persuasión. 
Ni siquiera creo que levante la ceja aposta, pero le da un aire realmente místico.
Sencillamente es una combinación perfecta, suficiente para fascinarme por recordarme a quien me recuerda, pero sin tanto espesor de ceja.

La misma sonrisa.

Luego está ese otro señor. 
Mirada nada interesante, pero igual de entrañable. 
Parece que vaya siempre por ahí con esa cara de sorpresa.
Me pregunto qué se notará en él cuando se sorprenda de verdad.
Tiene cara de simpático. Guiña un ojo. 
Me cae bien porque tiene barba y suele darme confianza la gente que tiene una mirada entrañable y una barba descuidada.
Tiene que ser descuidada porque si no me hace desconfiar. 
Es una seña de humanidad, simplemente. 

Y luego está ese otro chico. 
Se ha sentado de espaldas y a duras penas he alcanzado a verle, pero sin duda alguna es el protagonista de La conjura de los necios. Si supiera que se parece tanto al Ignatius Reilly que J.K. Toole creó, probablemente otro gallo cantaría. 
O tal vez no. 
Puede que le guste de verdad ese gorro. 

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