Sentados ante una taza de café, el profesor José María Ordovás -seguramente uno de los investigadores más conocedores de la nueva ciencia de la "nutriepigenética"- me introduce en su campo de estudio contándome una especie de cuento: la historia de dos ratones, a los que llama Mit y Mot.
"Nacidos en la misma camada, pero adoptados por diferentes madres desde el momento de nacer, Mit fue acogido con cariño por su madre adoptiva, quien le lamía el pelaje y estaba junto a él mucho tiempo. Por el contrario, Mot creció sin mimos ni lametones e incluso con desdén por parte de su madre. Cuando alcanzaron la madurez, los dos ratones mostraron una "personalidad" diferente. Mot se asustaba ante cualquier ruido, no se atrevía a explorar sitios nuevos, liberaba grandes cantidades de hormonas del estrés
ante sospecha de amenaza. Por otra parte, Mit no se sobresaltaba fácilmente, era más curioso y atrevido, y sus hormonas no se disparaban inapropiadamente. Esa historia no es única", añade deteniéndose un momento, como enfatizando el efecto de su frase.
"Se ha repetido decenas de veces en laboratorios de todo el mundo. La conclusión: que las experiencias que viven los ratones en la primera etapa de su vida modulan de algún modo la expresión de los genes que influyen en su comportamiento".
Empezamos el 2013 y lo hacemos como siempre, con buen pie.
Esos pequeños roedores no dejarán de ser un referente para mí, jamás.
Y mientras tanto... Tentando a la suerte que nos da de comer.

Las ratas herederán la tierra.
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