domingo, 26 de enero de 2014

Binomios.




Siempre me he presentado a mí misma como alguien temporal. 

Lo soy. 
Lo eres.
Todos lo somos. 
Somos una red de conveniencias.


"Hola, soy Laura. Quisiera entrar en tu vida, ¿se puede? Serán sólo dos semanas, pero serán las más intensas que hayas tenido hasta ahora. Luego desapareceré y me echarás de menos el resto de tu vida. ¿Aceptas?". 


Así soy yo. No es algo que deje de darme pena. 
"Pena" no es la palabra. No encuentro la palabra, pero no me acaba de gustar.

Es estupendo saber cuánta gente hay por ahí con mis huellas. Casi me emociona el hecho sólo de pensarlo.
Pero también envidio a esas personas que siguen contando con los de su infancia. Es algo casi impuesto, porque no son personas que tú elijas, pero me gustaría tener esa recámara.
No la tengo. Es el precio de la intensidad y la decisión.
Yo elijo qué, quién, cómo y dónde.
Se me escapa el cuándo. Todos aparecen cuando tienen que hacerlo.


Hoy mismo me decía que quería mandarme un vídeo que había grabado para mí diciendo lo mucho que había sido para él. Ese tipo, ¡menudo es!
Nicoló. Casi acabó suplicando que me acostara con él. No pasó de un par de besos entre ráfagas de humo. Por aquel entonces yo me estaba redescubriendo a mí misma con un igual. 

No de género, but situational.
Aun así, Nicoló era uno de esos con intensidad.
Me leyó la mente en el minuto dos.
Me delató en el segundo uno.  
Y se pasó el resto del tiempo con una extraña sensación de querer.

Me rescataron entre todos. 
Entre los presentes y mis nombres. 

Me di cuenta de que lo único que hay que hacer cuando uno pierde el norte es acudir a tus grandes hitos. A todas esas personas que no serían quienes son de no ser por tu labor con ellos. 
De esos no me faltan, por suerte o por desgracia. 

Mi reconstrucción aquí empezó por buscar nuevos vínculos de intensidad, de temporalidad. 
Casi convencida de que serán a los que deba acudir la próxima vez que me sienta desubicada. 

Construye puentes. 
Siempre hay alguien necesitando a otro alguien. 
Siempre hay alguien que te necesita. 
Encuentra a esa persona y ofrécete al completo. 
Qué más da lo que pueda venir después.

No hay soledad. Sólo vacío. 
Horror vacui. Huye de él. 
Construye egoísmo tratando a los demás. 
El boomerang del ser. 

No soy si no son. 
No soy si no eres. 
No eres sin mí. 
No hay yo sin ti. 

Y es costumbre hasta que dejemos de necesitarlo. 
Nada cambia si nada cambias. 

El cambio en tu caso va a venir rodado, porque necesitas esa inyección.
El cambio en mi caso vino forzado por experiencias ajenas, por nuevas aspiraciones y por un sinfín de anhelos de piel.



No tengo más que buenas sensaciones para nosotras.
Dejarás de sentirte incómoda cuando mi tinta llegue a tu azar.

Y pronto lo hará.

Esta vez serán 374. Bastantes menos que la última vez, pero suficientes para el propósito a lograr.
Y no lo digo yo. 

Lo dice la voz que siempre me acompaña. 
Llámale instinto, llámale intuición.


Siempre te querré. 
Es el precio a pagar por haberte convertido en uno de esos nombres. 
¿Te acuerdas de cómo me contabas la envidia que te daban personas como ellos por ser quienes eran para mí? Bienvenida al club. Nada que envidiar.
Sabes de sobra cómo he halagado siempre esos nombres. 
El tuyo está ahora entre los suyos. Nada podría ser mejor que eso, Andrea. 
Si eso conlleva necesariamente que desaparezcamos la una de la vida de la otra, o no, es algo que no sé.

Y si nosotras no podemos cambiar el curso de la historia...
El azar lo hará. 
Ambas sabemos cómo funcionan estas cosas.
Nos hemos acabado convirtiendo en unas profesionales del fluir. 

Y cuando hagas la maleta, sobretodo, no te olvides de tus alas. 

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