Parecerá una tontería, pero hoy me asusté a mí misma.
No sólo no reconocí mi reflejo,
sino que además me asusté.
Esa forma de andar me era extraña.
Ese ánimo era ajeno.
Ese porvenir y ese diapasón.
Como cuando aquella vez.
Sentí miedo de que el cielo pudiera cernirse sobre mí.
Un miedo atroz.
Esta vez no había estrellas.
Pero si un reflejo invertido que poco o menos identificaba.
Avanzaba hacia mí al ritmo de acercarme yo al cristal.
No sólo me seguía.
También me buscaba.
Me imitaba y me devolvía cada uno de mis gestos al revés.
Al revés.
Miserable astucia de la luz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario