Tantea
el azar, me decía.
A veces no creo que todo sea azar, pero sigo sin creer en las casualidades.
Ha sido
una tarde intensa donde las haya, pese a.
La suerte es sabia y el fluir hace de
las suyas cuando ni siquiera puedes ser consciente de ello. Luchas con tus
reacciones para acabar dándote cuenta de que, en realidad, necesitabas madurar
tus ideas para no precipitarlas en forma de palabras desordenadas.
Supongo que
el tiempo sabe mover sus fichas hasta cuando pasa a disgusto. No le queda otra
que pasar. Los míos saben bastante del tema.
Me
preguntaba por el miedo. No he prestado atención.
Luego
ha pasado a preguntarme por el vacío. Me han entrado ganas de llorar. De
repente no sabía por qué pero me había inundado ese dolor de tráquea y laringe.
He sentido la predisposición del cuerpo a llorar, las ansias de emprender un
llanto sin fin. No he sabido explicarme a qué se debía. Me he limitado a
responder con un “no”. Ni siquiera creo que me haya engañado.
Horror vacui.
Eso decía ella antes de.
Yo no me
siento vacía. No siento que me falte y no creo que sea una de mis prioridades
ahora mismo. Me he puesto a hablar de los míos como si me fuera la vida en ellos y no en ninguna otra cosa. Me llenan, sin ninguna duda. Me hacen feliz, me hacen radiar. Hacen que mi existencia tenga un sentido tangible, de verdad, me hacen feliz. Me
han hecho creer que eran el único motivo por el que mis labios han sido capaces
de pronunciar un “no” cuando todo mi cuerpo quería arrancarse a decir lo contrario o a pedir
comprensión. No sé por qué lo ha hecho. De repente parece que todo en mí eche
algo en falta sin que ni siquiera haya podido darme cuenta. Intento descubrir
qué es y no hago más que caer en círculos viciosos de hipótesis, posibilidades
y miedos. Será que por un momento mi mente ha engañado a mi cuerpo para hacerme
caer en la cuenta de. No lo sé, a veces me convenzo tanto de las cosas que soy
incapaz de convencerme de las verdades.
Será que lo veo viable.
No creo
en el adiós y, de repente, me ha dado por recapitular.
Recapitula
en cómo fue todo, en cómo fue la llegada y la ida, o simplemente en cómo fue. Luego
llegó la intensidad. Me incrusté la esencia en piel; descubrí el placer de las
carreteras; la conocí bien de cerca; viví la muerte. Una a una fui tachando todas las tareas que me
había propuesto en el momento de. Si me queda alguna pendiente, quizás deba
tratar de compatibilizarla con. Quizás no. Quizás ni siquiera sé a qué me estoy
refiriendo porque ya advertía al principio en el desorden de las palabras. Quizás
me esté engañando.
A veces
lo siento como la verdad más absoluta. Leer ese titular me robó el aire por un
tiempo. La decepción acaba con mis fuerzas y, si tengo que serme sincera, ni
siquiera es la decepción. Los 49 años de condena me pesan a mí tanto como a él.
No es frustración, no es enfado y no es rencor. Es perdonar por encima de tus
límites, es impacto, es un don. Don. Es ahí cuando tal vez pueda llegar a notar
el vacío.
Sí. Creo que ahí puedo notarlo.
Es ahí
y es en el hospital en el que me flaquearon las fuerzas. Cuando las piernas me fallaron también pude notarlo, es verdad.
Parece que sí he podido echarlo de menos.
Y en éstas
me toca tantear el azar. Supongo que no será tanto tantear como revivir. Supongo
que a veces recuperarse es cuestión de valorarse pasado un tiempo. Supongo que
de eso se trata este episodio de mi vida. Llámalo desapego, recuerdo o ambos.
A mí me
gusta creer que es una simbiosis no caduca o, dicho de otra manera, una
relación perenne.
El azar dirá.
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