domingo, 10 de febrero de 2013

Sigmund Freud.


Jodido, que no difícil. 
Todo iba bien cuando era humano, pero dejó de serlo.
Su forma de hablar, de mirarme, de compartirse...
Dejó de serlo.
Se convirtió en algo obligado, incómodo, desagradable y no deseado. 

Me dí cuenta en el momento en que volví a sentir aquellos nudos en el estómago.
Volvía a arderme la garganta. 
Volvía a sentir las ganas de retorcerme del dolor.

Y más o menos eso fue lo qué pasó. 

Por otra parte...
Me atormenta la idea de no tener conmigo a mis pequeñas.
De tener que pasar por uno u otro suplicio siempre que quiera verlas.
De empezar a creer que baraja el odio como una posibilidad.
De sentir que se ha perdido aquella convicción del "somos". 

Pensaba que ellas podrían ser el justificante. 
Una razón para seguir con ese algo.
Y en dos días se esfumó. 
Ya. Como el humo. Se acabó. 

Todo es temporal. 

Vaya...
Ojalá me equivoque. 

Vaya... 
Ojalá se de cuenta de que sigue siendo esencial.
Que no hacen falta esfuerzos innecesarios. 

Como un desgarro. 

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